
2007 fue el año que lo cambió todo. Los primos José y Daniel Jiménez-Landi volcaron las barricas que contenían vinos tintos oscuros y rebosantes de fuerza, justo los vinos que tanto gustaban a Robert Parker. En su lugar llegaron Garnachas de una transparencia casi borgoñona: más claras, más frescas, minerales. Bodegas Jiménez-Landi, en Méntrida, entre 550 y 850 metros de altitud, se convirtió en un secreto bien guardado para quienes buscan elegancia en lugar de extracción.
„Granit“
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El giro de estilo de 2007
Lo que José Jiménez-Landi busca hoy en sus vinos se describe mejor por lo que ya no quiere: extracción, barricas nuevas, una profundidad de color impenetrable. Desde aquel año de inflexión, 2007, las uvas fermentan con raspón y reposan en grandes fudres usados y depósitos de hormigón. La fermentación espontánea con levaduras silvestres es algo natural; las bombas y los remontados bruscos son tabú. Intervención mínima, máxima expresión del terroir: el resultado recuerda a veces más a la Côte de Nuits que a la España central.

Granito y metros de altitud
Méntrida no es un nombre que electrice a los conocedores del vino, todavía no. La región al suroeste de Madrid existió durante mucho tiempo solo como proveedora de vino a granel. Que esto esté cambiando se debe a viticultores como José Jiménez-Landi y a un terroir que une los suelos arenosos de granito de la Sierra de Gredos con altitudes extremas. José cultiva de forma ecológica 15 hectáreas en las estribaciones, a entre 550 y 600 metros. Allí crecen variedades como Albillo Real y Malvar para el fresco Blanco Malvar, pero también el carismático Natural. Otras cinco hectáreas se encuentran en El Real de San Vicente, a entre 750 y 850 metros de altitud; allí José trabaja de forma estrictamente biodinámica, sigue el calendario lunar y aplica cornoestiércol y cuernosílice.
Piélago y Ataulfos: el núcleo borgoñón

De estas altitudes proceden los dos buques insignia de la bodega: Piélago como vino de pueblo y Ataulfos, de un único paraje con cepas de más de 80 años. Ambos vinos resultan transparentes, casi pálidos en la copa, de una ligereza engañosa. Solo en boca se despliegan los aromas florales de violeta y hierbas silvestres, sostenidos por una mineralidad pétrea que el granito aporta a los vinos. La comparación con un Chambolle-Musigny no es exagerada. La producción anual sigue siendo reducida: 7.500 botellas de Piélago y solo 2.500 de Ataulfos.
Dos primos, dos caminos
La revolución en Méntrida comenzó como un proyecto familiar. En 2004, José y su primo Daniel se hicieron cargo de la bodega de los abuelos, que existía desde 1963. Juntos desarrollaron el nuevo estilo y juntos se convirtieron en pioneros del renacimiento de la Garnacha española, al igual que Trossos del Priorat en el Priorat o Comando G en la Sierra de Gredos. Pero en 2013 sus caminos se separaron: Daniel, que ya en 2008 había fundado con Fernando García el hoy legendario proyecto Comando G, se independizó con vinos propios, mientras que José siguió fiel a la empresa familiar. En solitario, pero más coherente que nunca. Las noches frías a 850 metros, los suelos graníticos pobres, las cepas centenarias: José Jiménez-Landi ha encontrado el lugar perfecto para vinos que hablan en voz baja y resuenan durante mucho tiempo.












