
Una bodega como una escultura: acero corten y piedra natural, integrados en la áspera belleza del Priorat. Alfredo Arribas la diseñó él mismo, antes de decidirse a elaborar también vino allí. El arquitecto barcelonés, celebrado internacionalmente, siguió en 2001 el recuerdo de su infancia: los veranos en casa de su abuelo, un viticultor de la Ribera del Duero. Hoy cultiva más de 80 hectáreas entre el Priorat y Montsant, con muchas cepas en pie franco, algunas de casi cien años. ¿Su filosofía? La de un arquitecto: menos es más, cada detalle cuenta.
„Kalkstein“
En todos los vinos: 1474 Vinos
Más sobre Alfredo Arribas
Del tablero de dibujo al viñedo
La historia comienza con polvo de pizarra bajo las uñas y bocetos en servilletas. Alfredo Arribas había construido museos y centros culturales por toda España cuando el Priorat lo cautivó durante una visita. Las escarpadas laderas con sus terrazas de pizarra llicorella le recordaron los veranos de su infancia, los viñedos de su abuelo en Castilla. En 2004 embotelló su primera añada, y la bodega que diseñó para sí mismo se convirtió en una declaración arquitectónica. El acero corten y la piedra local se integran en el paisaje como si siempre hubieran estado allí. Arquitectura en diálogo con el terroir: lo que valía para sus edificios se convirtió en el principio rector de sus vinos.

Tros, Gotes y el lenguaje de las parcelas
Los nombres de sus vinos revelan su sello personal: Tros –en catalán «pedazo» o «parcela»– designa vinos de pagos individuales con carácter. Cada viñedo cuenta su propia historia, cada suelo imprime su huella en el vino. El Trossos Sants procede de cepas ancestrales de Grenache sobre un subsuelo calcáreo: vinos de fina mineralidad y sorprendente frescura. El Trossos Vells, en cambio, procede de cepas centenarias del sur del Montsant, donde los suelos arenosos y arcillosos aportan una textura distinta. Gotes –«gotas»– captura la frescura de los viñedos de mayor altitud, paradójicamente en una de las regiones más secas de España. El Gotes del Montsant demuestra con contundencia que la frescura no nace solo del clima, sino de la altitud, de las noches frías, del momento justo de la vendimia.
Less is more: en la bodega como en el tablero de dibujo
Lo que en el arquitecto es la línea clara, en el viticultor se convierte en contención: levaduras autóctonas, maceración corta, azufre mínimo. Donde otros productores del Priorat apuestan por la concentración y una potencia monumental, Arribas elige deliberadamente la finura y la facilidad de trago. Sus vinos son complejos y multifacéticos, pero nunca pesados: aromas intensos con graduaciones alcohólicas sorprendentemente bajas, estructura sin pesadez. El trabajo en el viñedo es ecológico y cada vez más biodinámico, pero Arribas no hace de ello una filosofía. Para él es sencillamente oficio preciso: quien trabaja con cepas centenarias de pie franco no necesita química, solo atención y paciencia. Su enólogo Joan Asens comparte esta actitud: la menor intervención posible, la necesaria.

Dos familias, un viticultor
Quien se adentra más en el universo de Alfredo Arribas descubre Vins Nus –«vinos desnudos» del norte del Montsant, también fundados por él–. Aquí va un paso más allá: prácticamente sin madera, sin extracción, sin color, pero con la identidad del terroir destilada hasta lo esencial. Los Vins Nus muestran lo que ocurre cuando se prescinde de todo lo que no es necesario. Ya sea Clos del Portal o Vins Nus: ambas familias llevan el sello de un hombre que aprendió como arquitecto que omitir es al menos tan importante como añadir. En el Priorat ha encontrado su segunda vocación, y un terroir que recompensa su perfeccionismo.





