Nota de cata
Ester Nin regresa con este vino blanco a su tierra natal; no para cultivar la nostalgia, sino para demostrar que el Penedès puede ofrecer más que cava. En el viñedo El Plà de Manlleu, a 750 metros de altitud, crecen juntas Roussanne, Marsanne, Chenin Blanc y Parellada sobre arcilla y caliza. El resultado es un vino que escapa a cualquier categoría: demasiado complejo para un simple blanco, demasiado fresco para el clima del sur, demasiado personal para un proyecto de copia.
- Color y aspecto
- Amarillo dorado brillante, intenso y luminoso: el color de un vino que ha pasado tiempo en fudre sin quedar aplastado por ello.
- Nariz
- Pera madura, pomelo, ralladura de naranja y piel de plátano se encuentran con flores blancas, jengibre y anís. A ello se suman flores secas de prado y una nota yodada y ahumada que recuerda a las piedras, no a la fruta. La aireación ayuda: quien tiene paciencia descubre vainilla y un toque de mantequilla bajo toda la frescura.
- Boca
- Plena, pero no pesada. La fruta jugosa se sostiene sobre una marcada salinidad que estira los aromas en largas trayectorias. La acidez es viva, no agresiva. Los fenoles aportan estructura y profundidad: se percibe que aquí se ha fermentado algo más que simple mosto.
- Final
- Yodado, salino, con una frescura fría que perdura largo rato. Un vino que se toma su tiempo y revela nuevos detalles con cada sorbo.
- Terroir y origen
- Una hectárea en El Plà de Manlleu, Alt Penedès, a 750 metros de altitud. Suelos de arcilla y caliza, plantación mixta, el conocimiento de la altitud y la coherencia de aprovecharla: ese es el punto de partida de un blanco distinto de todo lo que se espera de Cataluña.
- Variedad y vinificación
- Roussanne, Marsanne, Chenin Blanc y Parellada: prensadas lentamente, fermentadas y criadas en barrica. Ester Nin y Carles Ortiz trabajan aquí con la misma coherencia que en sus viñedos de fuerte pendiente del Priorat, solo que el resultado no es una violencia tinta, sino una finura blanca.
- Maridaje
- Faisán con chucrut al champagne, castañas y jamón ibérico: un clásico que aquí funciona porque el vino tiene la fuerza para hacer frente a las aves y al ahumado. Rodaballo con copos de algas y beurre blanc de sepia: la salinidad busca el pescado. Boletus y avellanas tostados sobre fondo de alcachofa: los tonos terrosos del vino se reencuentran.
- Particularidades
- Familia Nin Ortiz es una de las pocas bodegas españolas de la asociación La Renaissance des Appellations, el círculo de productores biodinámicos de primer nivel de Nicolas Joly. Selma muestra lo que esta filosofía significa en un blanco: no opulento, sino estructurado, austero, nítido.


